El súper estreno del documental

El súper estreno del documental

Hay momentos que parece que no van a llegar nunca y, cuando suceden, salen bien y pasan, producen un sentimiento extraño que se encuentra entre el alivio y la melancolía. El viernes por la noche, se escribió un capítulo más de la historia que empezó cuando alguien me regaló un libro y que, después de casi séis meses de trabajo, pudimos enseñar y celebrar con ímpetu.

‘El viaje a Budapest, el documental’ se grabó en menos de 48 horas pero, sus millones de detalles, muchos de ellos imperceptibles para el ojo humano, nos tuvieron entretenidos durante unos cuantos meses. Y digo ‘nos’ porque hay demasiada gente implicada, sobre todo, teniendo en cuenta que jugábamos con presupuesto cero.

Ha sido una semana de auténtica locura; para mí y para los pobres amigos que tengo en Facebook. Algunos me habéis dicho que os estresábais al leer mis actualizaciones ¡Sorry! Es que soy bastante intensa, una de esas personas que, si no comunican, mueren. Eso sí, una cosa es ser comunicativa y otra, muy diferente, es ser una cansina, una ‘palizas’ o como dicen mis chaneros favoritos, un auténtico ‘saco de leña’. Por eso, no voy a entrar en más detalles sobre el documental y sus entresijos porque, expliqué casi todo lo importante, en la entrevista que Marta E. Martín (a quien estoy súper agradecida) publicó en la sección de Cultura de Granada Digital.

No podía ser de otra manera: tuve que contagiar los nervios que esto me produjo con mis víctimas de Facebook.

El día del estreno llegó y lo hizo con un madrugón de narices, una cita en el Servicio Andaluz de Empleo (SAE) y una entrevista de trabajo ¡Casi nada! pero, me vino de lujo mantener mi mente ocupada y al margen, aunque sólo fuera durante unas horas, del acto nocturno.

Volví a entrar en la espiral. Fui a ESCO para ver si todo estaba en su sitio. El dvd se reproducía bien, con su imagen y sonido en perfecta calidad y sincronización (o eso me dijeron), habían impreso unos carteles del evento, a color y en formato A3, que luego harían las funciones de un photocall y ya sólo quedaba esperar hasta las 7 de la tarde, para que empezara el jaleo.

Fuera de los detalles técnicos, lo que más me preocupaba era el aforo ( porque aunque todo el mundo te diga que irá, siempre te queda la duda y existe la posibilidad de que algún puñetero imprevisto, o varios, te dejen sola ante el peligro) pero, ante todo, mi gran alergia a hablar en público.

¡Lleno total y éxito absoluto! Afortunadamente, todo salió bien.

Miguel Ángel Rodríguez Pinto (a mi derecha, en la foto), director de la Escuela Superior de Comunicación y Empresa de Granada (ESCO) abrió el acto hablando sobre la satisfacción que le producía apoyar un proyecto liderado por una antigua alumna que además, se había rodeado ex-colegas de aula, formando un gran equipo de profesionales entusiasmados. Se deshizo en elogios que me pusieron muy colorada y ayudaron poco a los nervios que me producía el discursito que tendría que pronunciar sólo unos minutos más tarde de aquel abanico de piropos.

Daniel Barredo, autor del libro que materializa el eje del documental y co-guionista de la criatura, habló sobre la falta de oportunidades que agobia a nuestra generación y cómo nosotros sorteamos los obstáculos que haga falta con la fuerza que nos dan los sueños que luchamos por cumplir. Me dió las gracias, unos cuantos cumplidos que volvieron a ponerme del color de la sangre y destacó que, viviendo en un país que es un poquito más machista de lo que debiera ser, era un lujo y un honor que una mujer, de 27 años, coordinara un proyecto complejo y con tanta gente involucrada y dividida en mil departamentos (delante y detrás de las cámaras).  Lo hizo con cariño y yo lo entendí y agradecí muchísimo, sin embargo, algunos de los asistentes a la presentación, poco objetivos con lo que se dice sobre mí, porque me quieren demasiado y además, son algo susceptibles al tema ‘machismo-feminismo’, se quedaron con las ganas de pedir explicaciones al respecto. Un claro caso de buenas intenciones/malos entendidos.

Me tocó y no me bloqueé aunque, reconozco que todos los músculos de mi cuerpo se tensaron hasta límites un poco crueles.  Al fin y al cabo, estaba allí para hacer algo importante y necesario, rodeada de unas ochenta personas, la mayoría de ellas muy queridas. Fue una paranoia. Estaba subida a una tarima que, durante mis cuatro años de universitaria, había sido el sitio de los docentes y personajes importantes que veían a darnos charlas y seminarios sobre cualquier aspecto de la Comunicación. Ahora era yo la que estaba allí arriba, en el lugar de los importantes, sin serlo, viendo a un montón de gente sentada en los módulos que habían sido mis pupitres y los de mis colegas de Periodismo. Me limité a dar las gracias porque justo cuando decidiera cerrar mi pico, todos podrían ver el documental y opinar al respecto ¡A eso habíamos venido! Pero los agradecimientos a todo mi equipo, uno a uno, con nombre y apellidos y sus aplausos correspondientes, no podían faltar. ¡Han trabajado mucho y gratis! Unas palmaditas no son nada, os lo aseguro.

Pulsé el play y me sumergí en el producto resultante de aquellos séis meses locos. Estaba subiendo un nuevo peldaño en la escalera que ordena, en su empinada pendiente, las cosas importantes de mi vida. Conseguí relajarme unos veinte minutos pero, en cuanto supe que el final del documental se aproximaba, el nudo que unía mi estómago y mi garganta volvió a hacer acto de presencia.

Molina grita “Liiiiiviiiiaaaaa” como un descosido, mientras se arrastra por el césped del jardín de aquella casa en Moraleda de Zafayona (Granada) que sirvió de escenario durante el  rodaje. Un final apoteósico y empieza la música de los créditos. Tengo que levantarme y encender la luz para volver a dar las gracias; esta vez a ESCO como institución y en especial, a los miembros de su equipo más volcados en nuestro proyecto. Ana Montes, Directora de Comunicación y Relaciones Institucionales de ESCO, es nuestra hada madrina y se merecía, como poco, un gran abrazo lleno de gratitud infinita.

Apláusos, abrazos, apretones, palmadas en la espalda, manos estrechadas, besos, felicitaciones y otras formas de expresar cariño y gratitud y por fin, ¡Vámonos de cañas! y después de copas. Vamos a reirnos, a comentar la jugada, a celebrarla. Vamos a disfrutar.

Acabamos bebiéndonos Granada. De bar en bar, uno en Alhamar, otro en Plaza de Gracia, luego al Blues, después a la Vogue y más tarde a una plaza llena de frío, complicidad, buena gente y conversaciones sin desperdicio.

¡Así da gusto meterse en estos líos!

P.D. Hoy, domingo, volvemos a ser noticia.

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