II Muestra de Cine Negro de Salobreña. Día 3 – Trasnoches sabrosos y el hombre que miraba la vida a través de una ventana

II Muestra de Cine Negro de Salobreña. Día 3 – Trasnoches sabrosos y el hombre que miraba la vida a través de una ventana

Manuel Blancho Chivite, Javier Maqua y Juan Madrid

La II Muestra de Cine Negro de Salobreña sigue dando protagonismo a la literatura y eso, a mí, me gusta.

Ayer, miércoles, a las 18.30 horas, tuvimos una cita, en el Auditorio José Martin Recuerda, con los escritores Javier Maqua, Manuel Blanco Chivite y, por supuesto, el maestro de ceremonias, Juan Madrid. El tema a tratar iba a ser ‘El papel del escritor en la sociedad contemporánea‘ aunque, pasados quince minutos del inicio del acto, pude asimilar que no había tanto que decir sobre el título que habían decido ponerle a aquella charla-coloquio. Los allí reunidos vinieron a hacer un homenaje al escritor y director de la película que iban a proyectar después de la charla: ‘Rincones del paraíso’ de Carlos Pérez Merinero.

Todos estaban de acuerdo, por una vez:

“El papel del escritor es escribir y hacerlo bien”.

A partir de aquí podemos, si queréis, tirar un poco del hilo.

cine dia 3-2 juan madrid

Juan Madrid sostiene que la función del escritor es hacer que su obra sea leída porque, sólo existe lo que se cuenta y a su vez, es escuchado.

Manuel Blanco Chivite, periodista, escritor y editor, dice que hay que escribir, hacerlo lo mejor posible y con la mayor indepencia de los poderes vigentes, sean cuales fueren. Y es que, criticar a tu enemigo no significa, en absoluto, ser crítico. Empiezas a serlo cuando te enfrentas a los problemas, defectos y errores de tu propio campo porque de ahí será, probablemente, de donde estés recibiendo (o puedas recibir) buenaventuras en forma de subvenciones, premios o bolos. Cuando te juegas eso, en ese preciso instante, empiezas a ser un buen escritor y una figura crítica.

cine dia 3-3 manuel blanco chivite

El hombre habló desde la convicción y teniendo razones para ello. Fue militante del PCE y del FRAP durante la dictadura de Franco y, en septiembre de 1975, fue condenado a muerte por un Consejo de Guerra militar aunque, finalmente (y menos mal) su pena fue conmutada por otra de 30 años de cárcel. Antes de la amnistía, en noviembre del 77, escribió su primer libro estando preso aún: Notas de prisión (1977)

Podéis llamarme prejuiciosa pero a mí me dicen que tengo que acudir al homenaje de un escritor muerto que le van a hacer sus tres amigos y realmente, lo que pienso de forma instintiva es, ni más ni menos que: “¡Menudo coñazo!”

Afortunadamente, nadie me dijo eso, o no leí bien porque, ayer, cuando me presenté en el Auditorio, muy puesta yo, iba a escuchar hablar sobre la función del escritor en la sociedad contemporánea así que, fui y fui con muchas ganas aunque además, y sin saberlo, asistí al homenaje de un actor muerto que acabó interesándome y aportándome muchísimo más que el supuesto tema principal.

El hombre que miraba la vida a través de una ventana.

Maqua, Madrid y Blanco Chivite describieron a Carlos Pérez Merinero como el hombre que miraba la vida a través de una ventana. Gracias a ellos descubrí a un escritor sobre el que, creo, se podría escribir mucho y hacer más cine aún porque, valiente personaje era…

Javier Maqua, que formó parte del equipo fundador de Radio 3 y trabajó, hasta finales de los 90, en RTVE para después ser columnista y editorialista del diario El Mundo, empezó diciendo que dejó de ver a Pérez Merinero porque “la única forma de encontrarlo era ir a su casa, un hogar que olía a semen rancio”.

Cuando alguien empieza a hablar de un sujeto usando estos adjetivos, cuanto menos, capta tu atención. Al menos, la mía.

maqua

Según Maqua, Merinero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que salía y llegaba algo más lejos de la librería de su barrio o aquel supermercado donde solía acompañar a Aurelia, su madre, que fue además, su lectora más crítica, la primera que leía sus novelas (de sangre y sexo, sin rock ‘n’ roll) y su compañera de piso hasta el fin de sus días. Entonces, Maqua y él hacían críticas de cine para el Diario 16.

Todo el que escribe forma parte de un combate ideológico y narrativo. No se puede escribir desde un limbo sin luchar por y para algo. Ellos escribían para cambiar el cine español; querían mejorarlo. Jamás le interesaron las películas de Alfredo Landa ni ninguna que naciera con un fin comercial; siempre prefirieron analizar las películas más ‘progres’.

Hay dos tipos de espectadores: los que quieren ver películas que confirmen lo que ya saben y los que prefieren vivir una experiencia nueva y descubrir aspectos desconocidos, un punto de vista diferente a través de un viaje interior hacia un lugar donde nunca has estado.

Los del tipo 1 siempre elegirían una película de Brad Pit antes que una nigeriana, muda o de pinta extraña. El tipo 2, por supuesto, haría todo lo contrario.

Si algo me impactó, de todo lo que dijeron, fue la forma de describir una trilogía, escrita por Pérez Merinero, titulada ‘Fronteras de la inocencia’, cuyos volúmenes compartían, tan sólo, un fondo: la figura de los niños; por lo demás, ni los personajes, ni las historias que aparecían en cada una de estas tres novelas tenían nada que ver.

En los tres libros, el autor se metía “a saco” con el mundo de los niños. Hablaba de niños asesinos y también, de niños asesinados. Nadie es inocente. Tres novelas escritas en primera persona. La primera de ellas, ‘Razones para ser feliz’, fue escrita en el año 1995, en una primera persona normal, como la que estamos acostumbrados a leer. La segunda, ‘Sangre nuestra’ (2005), sin embargo, fue redactada en la primera persona del plural (‘nosotros’); son tres niños y la que habla es una voz colectiva que no permite al lector, saber a quién pertenece, de modo que, eso crea una inquietud terrible que nos hace preguntarnos, una y otra vez, ¿A quién se estará refiriendo el autor cuando habla de ‘nosotros’?. El último libro, data del año 2011 y fue publicado, justo cinco meses antes de la muerte de Pérez Merinero, bajo el título ‘La niña que hacía llorar a la gente’; esta novela también está escrita en primera persona aunque, esta vez, se dirige a alguien, a un ‘tú’.

De su último texto, extraemos un fragmento que nos puede ayudar a imaginar su estilo:

Y te obedecí. Te obedecí, sí, como siempre iba a obedecerte. Como siempre iba a obedecerte hasta que me cansé de hacerlo y te maté.

Pérez Merinero escribía rápido, sin volver atrás, ni siquiera para corregir. No obstante, su prosa era compacta y exquisitamente bien construída. No era nada disperso.

Maqua reconoce que es necesario esforzarse ( y tener estómago) para leer estas ‘Fronteras de la inocencia’ y que, del mismo modo, hay que concentrarse y saber llegar muy al fondo de la cuestión para adquirir la capacidad de captar la ternura y la inocencia que hay detrás de esos niños asesinos y asesinados.

Blanco Chevite añade que “Pérez Merinero tuvo la virtud de pasar de la niñez a la vejez saltándose la madurez”. Siempre fue un niño y, cuando se despidió de la infancia, al terminar ‘La niña que hacía llorar a la gente’, sólo vivió cinco meses más.

Por cierto, Antonio Fuentes, de la Librería 1616 books, tiene libros de Pérez Merinero en el stand que ha montado en el Auditorio de Salobreña, con motivo de la II Muestra de Cine Negro, a unos precios ridículamente baratos, entre ellos, el último que escribió el autor que nos ocupa hoy.

Antonio Fuentes Casas, 1616 Books

Un trasnoche sabroso y travieso

traviesa 1

Mi amiga Alicia Soblechero, la mejor fotógrafa que conozco, y yo, le pusimos la guinda al día con un trasnoche muy gastronómico en el restaurante La Traviesa, ubicado en un enclave absolutamente alucinante, en el casco antiguo de Salobreña, justo en frente del Paseo de las Flores. Un garito de los que gustan porque siempre te atienden bien y además, sus dueños se apuntan a un bombardeo. Como no podía ser de otra manera, La Traviesa es uno de los establecimientos colaboradores de la II Muestra de Cine Negro y anoche ofreció un menú degustación sin desperdicio alguno.

Alicia Soblechero

Los comensales podían (podíamos) elegir entre dos entrantes, dos platos principales y dos postres diferentes. Alicia y yo que somos de esa clase de personas que lo tienen que probar todo, decidimos pedir uno de cada y compartir.

De primero comimos una ensalada de espinacas con queso feta y una vinagreta de mostaza que quitaba el sentido y además, un volovan de langostinos y setas con una salsa exquisita que, sinceramente, no sé de qué es.

De segundo comimos salmón a la crema y solomillo de cerdo al strogonoff, un plato clásico que combina diferentes sabores, carne, nata, champiñones, verduras y especias… ¡Riquísimo también!

Los postres fueron una tarta de queso y fruta con chocolate y la prueba de que todo estaba que se salía fue que dejamos los platos tan limpios que creemos que no los tuvieron ni que fregar.

Postres Traviesa

Bebimos vino rico, de la Bodega Fontedei y luego, por supuesto, un par de gin tonics a modo de digestivo.

Alicia se llevó su cámara de fotos con el objetivo de inmortalizar algunos momentos pero, nos enredamos tanto en nuestra conversación y en la degustación de los platos y los vinos que Luis nos puso que, sin querer, olvidamos nuestras obligaciones profesionales…

La obra

Un pianista amenizó la cena con una música muy cinematográfica que no estaba nada mal. Alicia y yo teníamos la mesa en el interior del restaurante y él tocaba en la terraza, junto a una pintora italiana que, en cuanto acabó su obra, decidió regalársela a Juan Madrid, el director de la muestra. Sinceramente, nosotras no nos enteramos mucho ni de la música ni de la pintura. Era tarde, llevábamos todo el día trabajando y bueno, sin más excusas, preferimos concentrarnos en lo que habíamos ido a hacer: cenar bien y ponernos al día de nuestras cosillas.

 

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